Teatro. La última cátedra.

 


LA ÚLTIMA CÁTEDRA.

ACTO I — ESCENA PRIMERA.

Escenario.

Una biblioteca antigua y algo desordenada.
 Las paredes están cubiertas de libros hasta el techo.
 Hay montones de papeles, cuadernos, diccionarios y traducciones sobre una mesa grande de madera oscura.

Al fondo, una ventana.
 La lluvia golpea suavemente los cristales.

Una lámpara amarillenta ilumina apenas la habitación.
 El resto permanece en penumbra.

Se escucha el tic-tac lento de un reloj.

En escena no hay nadie durante unos segundos.

Silencio.

Después, se oye el ruido de una llave girando lentamente en una cerradura.

Entra el PROFESOR ELÍAS.

Tiene unos setenta años.
 Viste chaqueta oscura y lleva varios libros bajo el brazo.

Camina despacio.
 Cansado.

Deja los libros sobre la mesa.

Permanece inmóvil unos instantes mirando la habitación.

Luego habla.




ELÍAS

Otra noche más.

(Pausa.)

Los libros envejecen mejor que los hombres.

(Recorre lentamente los estantes con la mirada.)

Ellos esperan.

Nosotros no.

(Silencio.)

Hace treinta años esta habitación estaba llena de voces.

Preguntas.

Discusiones interminables.

Muchachos que creían que el mundo podía comprenderse leyendo a Platón, a San Agustín, a Pascal.

Ahora todo pasa más deprisa.

Demasiado deprisa.

(Se acerca a la ventana.)

Las ciudades ya no duermen.

Las pantallas tampoco.

(Pausa breve.)

Quizá el silencio haya sido derrotado.

(Vuelve lentamente hacia la mesa.)

Yo también creí alguna vez que enseñar era una forma de salvar algo.

No personas.

Ni siquiera ideas.

Tal vez únicamente salvar palabras.

Palabras antiguas.

Palabras que vienen atravesando siglos como barcos heridos.

(Abre uno de los libros.)

“Verdad.”

(Sonríe levemente.)

Qué palabra tan peligrosa se ha vuelto.

(Silencio largo.)

Ahora todo el mundo opina.

Pero casi nadie busca.

(Pausa.)

Antes los alumnos discutían durante horas sobre Dios, sobre el alma, sobre la justicia.

Ahora preguntan cuánto durará la clase.

(Se oye un trueno lejano.)

Europa se está quedando sin memoria.

Y un hombre sin memoria…

(Baja lentamente la cabeza.)

…termina por no saber quién es.

(Silencio.)

El reloj continúa sonando.

Tic-tac.

Tic-tac.

ELÍAS se sienta lentamente frente a la mesa.

Abre un cuaderno lleno de anotaciones.

Permanece escribiendo unos segundos.

Entonces…

Suena el timbre de la puerta.

ELÍAS levanta la cabeza lentamente.

Oscuro parcial.

ACTO I — ESCENA SEGUNDA

La luz regresa lentamente.

La lluvia continúa golpeando los cristales.

ELÍAS permanece inmóvil unos segundos mirando hacia la puerta.

El timbre vuelve a sonar.

Más insistente esta vez.

ELÍAS cierra lentamente el cuaderno.

Se incorpora con dificultad.

Camina despacio hacia la puerta.

Antes de abrir, permanece unos segundos en silencio, como si dudara.

Finalmente abre.

Entra CLARA.

Tiene unos veintiséis o veintisiete años.
 Lleva un abrigo mojado y una mochila llena de libros y papeles.
 Respira con cierta agitación, como si hubiera venido deprisa bajo la lluvia.

Durante unos instantes ambos se observan en silencio.

CLARA
 Perdone la hora.

ELÍAS
 (Pausa breve.)
 Las visitas inesperadas suelen llegar tarde.

CLARA
 Lo sé.
 Dudé varias veces antes de subir.

ELÍAS
 Y aun así subió.

CLARA
 Sí.

(Silencio breve.)

ELÍAS observa la mochila.

ELÍAS
 No parece usted una vendedora.

CLARA sonríe levemente.

CLARA
 No.
 Aunque quizá venga a vender una idea.

ELÍAS
 Las ideas ya no se compran demasiado.

CLARA
 Precisamente por eso he venido.

(Pausa.)

ELÍAS se aparta lentamente de la puerta.

ELÍAS
 Pase.

CLARA entra despacio.

Mira alrededor con una mezcla de admiración y sorpresa.

CLARA
 Así que era verdad.

ELÍAS
 ¿Qué cosa?

CLARA
 Que todavía existía un lugar como este.

ELÍAS
 ¿Un lugar lleno de polvo?

CLARA
 Un lugar lleno de libros.

(Silencio.)

CLARA recorre lentamente los estantes con la mirada.

CLARA
 Mi generación ha visto más pantallas que bibliotecas.

ELÍAS
 Y quizá por eso vive tan cansada.

CLARA
 (Pausa.)
 Puede ser.

ELÍAS vuelve lentamente hacia la mesa.

ELÍAS
 ¿Quién es usted?

CLARA duda unos segundos antes de responder.

CLARA
 Me llamo Clara Valcárcel.
 Estudié filosofía hace cuatro años.

ELÍAS
 ¿Aquí?

CLARA
 No.
 En Madrid.

ELÍAS asiente levemente.

CLARA
 Pero leí algunos de sus artículos.
 Los antiguos.
 Los que ya casi no se encuentran.

ELÍAS
 Eso significa que buscó mucho.

CLARA
 Sí.

ELÍAS
 Mala señal.

CLARA
 ¿Buscar?

ELÍAS
 No encajar suele comenzar así.

(Pausa.)

CLARA deja lentamente la mochila sobre una silla.

Saca un cuaderno lleno de anotaciones.

CLARA
 He venido porque necesito hablar con usted antes de que cierre definitivamente la cátedra.

Silencio.

La lluvia parece escucharse ahora con más fuerza.

ELÍAS permanece quieto.

ELÍAS
 ¿Quién le ha dicho eso?

CLARA
 Toda la universidad lo sabe.

ELÍAS baja la mirada.

CLARA
 Dicen que el departamento desaparecerá el próximo curso.

ELÍAS
 Ahora lo llaman “reestructuración académica”.
 Antes se decía simplemente ruina.

CLARA
 ¿Es verdad?

ELÍAS tarda en responder.

ELÍAS
 La filosofía ya no produce beneficios visibles.
 Y vivimos tiempos que sólo respetan aquello que puede medirse.

CLARA
 Entonces precisamente ahora es cuando más necesaria resulta.

ELÍAS la observa por primera vez con verdadera atención.

Silencio.

ELÍAS
 Eso mismo decía yo hace cuarenta años.

(Pausa larga.)

CLARA
 Por eso estoy aquí.

Oscuro lento.




ACTO I — ESCENA SEGUNDA (CONTINUACIÓN)

Oscuro lento.

La lluvia sigue golpeando con fuerza los cristales.

La luz vuelve de nuevo, más tenue.

CLARA permanece de pie, con el cuaderno abierto entre las manos.
 ELÍAS sigue junto a la ventana, de espaldas a ella.

Un silencio prolongado.

CLARA
 Usted habla como si ya estuviera fuera del mundo.

ELÍAS no se gira.

ELÍAS
 No.
 Hablo como alguien que ha visto cómo el mundo cambia de nombre para no reconocerse.

CLARA baja la mirada al cuaderno.

CLARA
 He leído sus últimos textos… antes de que dejaran de publicarse.

Pausa.

CLARA
 Había una idea recurrente.

ELÍAS gira ligeramente la cabeza, sin mirarla del todo.

ELÍAS
 Las ideas no son recurrentes.
 Los errores sí.

CLARA insiste.

CLARA
 Decía usted que la universidad estaba perdiendo su función esencial.

ELÍAS se gira lentamente.

ELÍAS
 No estaba perdiendo su función.
 La estaba sustituyendo.

Silencio.

CLARA avanza un paso.

CLARA
 ¿Sustituyendo por qué?

ELÍAS la observa con atención fría.

ELÍAS
 Por administración.

Pausa breve.

ELÍAS
 Por informes.
 Por estadísticas.
 Por discursos que no dicen nada pero suenan a progreso.

CLARA aprieta el cuaderno.

CLARA
 Pero eso no es conocimiento.

ELÍAS sonríe apenas.

ELÍAS
 No.
 Pero es útil para justificar su ausencia.

Silencio más denso.

CLARA respira hondo.

CLARA
 Yo no he venido a discutir el sistema.

ELÍAS la mira.

ELÍAS
 Entonces ha venido a perder el tiempo.

CLARA sostiene la mirada.

CLARA
 He venido a entenderlo.

Pausa.

ELÍAS se acerca lentamente a la mesa.
 Se sienta por primera vez.

El movimiento es lento, pesado, como si le costara más de lo físico.

ELÍAS
 Entender es peligroso.

CLARA
 ¿Por qué?

ELÍAS abre el cuaderno que había cerrado antes.

ELÍAS
 Porque una vez que entiendes… ya no puedes fingir que no sabías.

Silencio.

CLARA se sienta también, sin ser invitada, frente a él.

ELÍAS la observa, pero no la detiene.

CLARA
 Entonces quizá eso es lo que falta.

ELÍAS
 ¿Qué?

CLARA
 Gente que no quiera fingir.

Pausa larga.

ELÍAS la estudia como si intentara medir algo en ella.

ELÍAS
 ¿Sabe por qué los departamentos como el mío desaparecen?

CLARA duda.

CLARA
 Por falta de interés.

ELÍAS niega lentamente.

ELÍAS
 No.
 Porque son incómodos.

CLARA frunce el ceño.

CLARA
 ¿Incómodos para quién?

ELÍAS la mira directamente por primera vez de forma intensa.

ELÍAS
 Para quienes necesitan que todo sea rápido, claro… y controlable.

Silencio.

Un trueno lejano.

CLARA baja la voz.

CLARA
 Entonces usted no ha perdido la guerra.

ELÍAS la mira sin entender del todo.

CLARA
 Solo lo han apartado del campo de batalla.

Pausa.

ELÍAS deja el cuaderno sobre la mesa.

ELÍAS
 Y usted ha venido a traerme de vuelta.

CLARA no responde de inmediato.

Finalmente:

CLARA
 He venido a pedirle que no desaparezca sin dejar algo detrás.

Silencio.

La lluvia baja ligeramente de intensidad.

ELÍAS se recuesta en la silla.

ELÍAS
 Todo el mundo deja algo detrás, Clara Valcárcel.

CLARA se inclina hacia él.

CLARA
 No.
 No todo el mundo deja pensamiento.

Pausa.

CLARA abre su cuaderno, mostrando anotaciones, citas, fragmentos.

CLARA
 Esto… lo que usted escribió… está desapareciendo.

ELÍAS mira las páginas sin tocarlas.

Silencio largo.

ELÍAS
 Entonces quizá es el momento adecuado.

CLARA levanta la mirada.

CLARA
 ¿Para qué?

ELÍAS la mira por fin con una mezcla de cansancio y decisión.

ELÍAS
 Para decidir si todavía vale la pena decirlo otra vez.

Oscuro lento.




ACTO I — ESCENA SEGUNDA (CONTINUACIÓN)

Oscuro leve.
 La lluvia se mantiene, pero ya no golpea con la misma violencia. Un ritmo más contenido.

Un silencio sostenido entre ambos.

CLARA cierra el cuaderno con cuidado, pero no lo aparta de la mesa.

CLARA
 Entonces no es el final.

ELÍAS no responde de inmediato. Mira hacia la ventana otra vez, como si buscara algo en el exterior que no está ahí.

ELÍAS
 El final es una palabra cómoda.
 Sirve para cerrar lo que no se entiende.

Pausa.

ELÍAS
 Lo que ocurre normalmente no termina.
 Se desplaza.

CLARA frunce ligeramente el ceño.

CLARA
 ¿Se desplaza hacia dónde?

ELÍAS gira apenas la cabeza.

ELÍAS
 Hacia lugares donde ya nadie quiere mirar.

Silencio.

Un relámpago ilumina la estancia durante un segundo.

CLARA se inclina hacia la mesa.

CLARA
 Entonces todavía hay cosas que decir.

ELÍAS la observa con una mezcla de ironía suave y cansancio.

ELÍAS
 Siempre hay cosas que decir.
 El problema nunca ha sido ese.

Pausa.

ELÍAS
 El problema es quién escucha.

CLARA sostiene la mirada.

CLARA
 Yo escucho.

Silencio breve.

ELÍAS la estudia durante unos segundos largos.

ELÍAS
 No.
 Usted no solo escucha.

Pausa.

ELÍAS
 Usted recoge.

CLARA no responde.

ELÍAS se levanta lentamente de la silla otra vez, pero esta vez no vuelve a la ventana. Se queda entre la mesa y la luz tenue.

ELÍAS
 Y lo que se recoge… termina formando otra cosa.

CLARA baja la vista al cuaderno, pensativa.

CLARA
 ¿Otra versión?

ELÍAS
 Otra responsabilidad.

Silencio más denso.

La lluvia vuelve a intensificarse ligeramente.

CLARA
 Entonces dígalo.

ELÍAS la mira.

ELÍAS
 ¿Decir qué?

CLARA se pone en pie también, con calma.

CLARA
 Lo que todavía no ha dicho.

Pausa larga.

ELÍAS parece dudar por primera vez.

La luz parpadea ligeramente.

ELÍAS
 Hay cosas que, cuando se dicen… ya no pertenecen a quien las dijo.

Silencio.

CLARA
 Entonces quizá nunca le pertenecieron.

Un golpe de trueno cercano.

ELÍAS se queda inmóvil.

Oscuro lento.




ACTO I — ESCENA TERCERA

La oscuridad permanece unos segundos más de lo habitual.

Solo se escucha la lluvia.

Después, muy lentamente, vuelve una luz tenue, más fría que antes.

ELÍAS continúa inmóvil.

CLARA sigue de pie frente a él, aunque ahora hay una distancia distinta entre ambos: menos académica, más peligrosa.

El reloj de pared marca una hora indefinida.

CLARA
 ¿Y por eso se marchó?

ELÍAS no responde enseguida.

Se oye el crujido leve del edificio viejo.

ELÍAS
 No.

Pausa.

ELÍAS
 Uno nunca se marcha por una sola razón.

CLARA
 Pero hubo una última.

ELÍAS sonríe apenas, sin alegría.

ELÍAS
 Siempre quieren una última razón.
 Una frase clara.
 Un instante exacto.

Camina lentamente hacia la mesa.

ELÍAS
 Pero las ruinas no aparecen de golpe.
 Se forman en silencio.

CLARA observa cómo él toca apenas el borde del cuaderno cerrado.

CLARA
 ¿La universidad era ya una ruina?

ELÍAS levanta la vista.

ELÍAS
 No.
 Y eso era lo más grave.

Silencio.

CLARA
 No lo entiendo.

ELÍAS
 Las verdaderas ruinas son las que todavía funcionan.

La lluvia disminuye otra vez.

Las palabras quedan suspendidas en el aire.

CLARA
 Entonces siguió dando clase sabiendo todo eso.

ELÍAS
 Sí.

CLARA
 ¿Por qué?

ELÍAS se queda pensando.

ELÍAS
 Porque durante mucho tiempo creí que bastaba con resistir.

Pausa.

ELÍAS
 Llegar cada mañana.
 Abrir un libro.
 Hablar de verdad aunque nadie quisiera escucharla.

CLARA
 ¿Y dejó de creerlo?

ELÍAS la mira directamente.

ELÍAS
 No.

Pausa breve.

ELÍAS
 Empecé a sospechar algo peor.

CLARA
 ¿Qué cosa?

La luz vuelve a parpadear.

ELÍAS tarda en responder.

ELÍAS
 Que incluso la verdad puede convertirse en costumbre.

Silencio denso.

CLARA se acerca unos pasos.

CLARA
 Eso no puede ser suficiente para abandonar.

ELÍAS
 No abandoné.

CLARA
 Desapareció.

ELÍAS baja la mirada.

ELÍAS
 A veces desaparecer es la única manera de no traicionarse.

Un silencio largo.

CLARA parece afectada por la frase, aunque intenta ocultarlo.

CLARA
 ¿Y cree que eso sirve de algo?

ELÍAS
 No lo sé.

Pausa.

ELÍAS
 Pero el ruido de afuera empezó a entrar también en las aulas.

Se escucha, a lo lejos, una sirena apenas perceptible.

ELÍAS
 Y un día comprendí que todos seguíamos hablando…
 como si las palabras todavía conservaran su peso.

CLARA
 ¿Y ya no lo conservan?

ELÍAS la observa largamente antes de responder.

ELÍAS
 Solo cuando alguien está dispuesto a pagar por ellas.

Silencio.

CLARA vuelve lentamente la vista hacia el cuaderno.

Luego hacia él.

CLARA
 Tal vez por eso he venido.

ELÍAS no responde.

La lluvia cesa casi por completo.

Por primera vez desde el inicio de la obra, se escucha el vacío que deja el silencio verdadero.

Oscuro lento.

La oscuridad permanece unos segundos más de lo habitual.

Cuando la luz vuelve, es distinta.

Más fría.

La lluvia ha cesado completamente.

ELÍAS sigue de pie junto a la mesa.
 CLARA continúa allí, sin sentarse ya.

Entre ambos hay ahora una distancia menos física que moral.

CLARA
 Usted habla como alguien que ha perdido la esperanza.

ELÍAS sonríe apenas.

ELÍAS
 No.

Pausa.

ELÍAS
 La esperanza es lo último que se pierde.
 Lo primero que se corrompe es el lenguaje.

CLARA guarda silencio.

ELÍAS se acerca lentamente a una estantería.
 Pasa los dedos por los lomos de varios libros antiguos.

ELÍAS
 Las palabras empiezan nombrando las cosas.
 Después las sustituyen.
 Y al final…
 las esconden.

CLARA
 ¿Eso piensa de la universidad?

ELÍAS
 Pienso eso del mundo.

Silencio.

CLARA
 Entonces, ¿para qué enseñar?

ELÍAS se detiene.

Durante unos segundos parece no encontrar respuesta.

ELÍAS
 Porque a veces…
 muy pocas veces…
 aparece alguien que todavía escucha.

CLARA baja ligeramente la mirada.

ELÍAS la observa con atención, como si intentara comprender algo.

ELÍAS
 ¿Cuántos años tiene?

CLARA
 Veintitrés.

ELÍAS asiente lentamente.

ELÍAS
 A los veintitrés años uno todavía cree que puede salvar algo.

CLARA
 ¿Y usted cuándo dejó de creerlo?

ELÍAS
 El día en que descubrí que la mayoría no quiere ser salvada.

Un silencio incómodo.

CLARA
 Eso es una forma de desprecio.

ELÍAS
 No.
 Es cansancio.

Pausa.

ELÍAS
 El desprecio todavía contiene pasión.

CLARA parece afectada por la respuesta.

Se oye un golpe seco en alguna parte del edificio.

Ambos miran instintivamente hacia la puerta.

Silencio.

CLARA
 ¿Hay alguien más aquí?

ELÍAS tarda unos segundos en responder.

ELÍAS
 La universidad nunca está vacía del todo.

La luz vuelve a fluctuar.

Por primera vez aparece en CLARA una sombra de inquietud real.

CLARA
 Cuando vine…
 el vigilante me dijo que este edificio iba a cerrarse.

ELÍAS no responde.

CLARA
 Dijo que iban a derribarlo.

ELÍAS vuelve lentamente hacia ella.

ELÍAS
 Sí.

Pausa.

ELÍAS
 Mañana empiezan.

Silencio largo.

CLARA mira alrededor por primera vez como si contemplara unas ruinas.

Los libros.
 Las mesas.
 Las paredes húmedas.
 Las lámparas agotadas.

Todo adquiere de pronto un aire terminal.

CLARA
 ¿Y usted piensa quedarse aquí?

ELÍAS la mira.

No responde inmediatamente.

ELÍAS
 Algunas cosas merecen compañía cuando desaparecen.

Oscuro.

ACTO I (continuación).

Oscuridad.

Un silencio absoluto ocupa el escenario durante unos segundos.

Poco a poco vuelve una luz muy tenue, apenas suficiente para distinguir las siluetas.

CLARA continúa inmóvil.

ELÍAS permanece junto a una estantería, con la mirada perdida entre los libros.

Desde algún lugar del edificio llega el leve crujido de una tubería.

CLARA
 Nunca había pensado que un edificio pudiera… morir.

ELÍAS
 No mueren los edificios.

Pausa.

ELÍAS
 Muere lo que ocurría dentro de ellos.

CLARA observa lentamente las estanterías.

CLARA
 Entonces… ¿qué desaparece mañana?

ELÍAS
 Las conversaciones que aún no han sucedido.

Silencio.

CLARA pasa la mano por el lomo de un libro antiguo.

CLARA
 Siempre imaginé la universidad llena de voces.

ELÍAS
 Lo estuvo.

Pausa.

ELÍAS
 Hubo un tiempo en que discutir una idea parecía más importante que defender una opinión.

CLARA
 ¿Y qué cambió?

ELÍAS sonríe apenas.

ELÍAS
 La prisa.

Silencio.

ELÍAS
 La prisa siempre termina convirtiendo el pensamiento en un lujo.

CLARA baja la cabeza.

CLARA
 Yo aún quiero aprender.

ELÍAS la mira con una expresión nueva, menos severa.

ELÍAS
 Eso ya la convierte en una rareza.

Una leve sonrisa aparece por primera vez en el rostro de CLARA.

No es una sonrisa de alegría.

Es la de quien acepta un reto.

Desde el exterior llega el rumor distante de un camión.

Ambos escuchan.

CLARA
 ¿Serán ellos?

ELÍAS
 Probablemente.

Pausa.

ELÍAS
 Los que vienen a derribar nunca llegan haciendo ruido.

El verdadero ruido empieza después.

Silencio.

CLARA contempla la sala una vez más.

Cada libro parece ocupar ahora un lugar irrepetible.

CLARA
 ¿Cree que alguien recordará esta biblioteca dentro de cincuenta años?

ELÍAS tarda en responder.

ELÍAS
 Si una sola persona recuerda una conversación que ocurrió aquí…

Pausa.

ELÍAS
 …la biblioteca seguirá existiendo.

Los dos permanecen en silencio.

No es un silencio vacío.

Es el silencio de dos personas que comprenden que algunas despedidas no necesitan palabras.

La luz comienza a apagarse lentamente.

Negro.

Fin de la obra.




Comentarios

Entradas populares de este blog

Informe estratégico.

L’Occident à la croisée des chemins : la crise morale et politique du XXIᵉ siècle.